Enma caminaba de un lado a otro en su habitación, sus tacones de aguja golpeando el suelo con una cadencia errática que reflejaba el caos en su cabeza. Tenía una copa de cristal en la mano, pero el champán ya no sabía a celebración; sabía a derrota amarga, a ese regusto metálico que deja la bilis cuando el odio se mastica durante demasiado tiempo. Cada vez que cerraba los ojos, veía la cara de suficiencia de Daniela en el restaurante y, lo que era peor, la mirada de devoción de Elliot hacia esa... mujer.—¡Eres un imbécil, Fabián! ¡Un absoluto y completo imbécil! —estalló Enma, girándose hacia el hombre que estaba sentado en el borde de la cama, con la cabeza gacha y los hombros hundidos.Fabián levantó la vista, y Enma sintió un ramalazo de asco visceral al ver el miedo en sus ojos castaños. Ese hombre, que en Brasil parecía un titán del marketing, aquí se veía reducido a una sombra temblorosa bajo su escrutinio.—Nena, te lo he dicho... fue un accidente —intentó justificarse él,
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