Su respiración es superficial, irregular, como si cada bocanada de aire le costara un esfuerzo consciente. Bajo el agua caliente, sus pezones están erizados, duros como guijarros rosados que suplican atención. Entre mis brazos, Daniela se siente como un cable de alta tensión: vibra, crepita, emana una electricidad que me quema la piel y me enciende la sangre.Puedo sentir la guerra que libra dentro de ella. El orgullo chocando violentamente contra la necesidad cruda de entregarse, porque yo se lo he pedido. Porque yo lo he exigido. El fuego me inunda las venas como gasolina.—Sí… —susurra contra mi pecho, tan bajito que casi lo pierdo bajo el ruido del agua—. Por favor, ten cuidado. Creo que podrías romperme si no lo tienes.Luego exhala, largo y tembloroso, y todo su cuerpo se afloja contra el mío. Se rinde. Finalmente.Una oleada salvaje de euforia me golpea tan fuerte que mi corazón se desboca en un galope atronador. Le rodeo el cuello con una mano, firme pero sin ahogarla, y
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