Aria Blackwood...El mundo volvió a mí lentamente, pieza por pieza. Primero el olor—hierbas secas, raíces trituradas, el leve aroma de cataplasmas ardiendo en una olla cercana. Luego el sonido—voces murmurando, bajas y ansiosas. Y después el dolor—agudo y palpitante, desgarrando mi costado hasta hacerme estremecer."Aria? Cariño, ¿puedes oírme?"La voz de mi madre atravesó la neblina. Cálida, temblorosa, desesperada.Parpadeé, y la tenue luz de los faroles llenó mi visión. Mi madre estaba inclinada sobre mí, su cabello oscuro escapando de su trenza, sus ojos brillando con lágrimas. Detrás de ella estaba mi padre, con la mandíbula apretada, y mi hermano mayor, Elías, observando con preocupación evidente en su rostro."Mamá", susurré, con la garganta seca y áspera.Ella soltó un sollozo ahogado y besó mi frente. "Oh, gracias a la Diosa. Nos asustaste casi hasta la muerte."Intenté incorporarme, pero una agonía atravesó mis costillas y me obligó a caer de nuevo sobre el delgado colchón
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