La estación de autobuses, un hervidero de almas anónimas, les ofreció el anonimato que tanto necesitaban. Compraron billetes con nombres falsos, destinadas a un pueblo costero, un rincón olvidado en el mapa donde esperaban encontrar refugio. Mientras el autobús se alejaba de Madrid, Ilein miró por la ventana, viendo cómo las luces de la ciudad se desvanecían en la oscuridad. Una lágrima, rebelde y silenciosa, rodó por su mejilla. Era una lágrima de despedida, de arrepentimiento, de un dolor profundo que le desgarraba el alma. "Perdóname, Joana. Perdóname, Camila. Perdóname, Salvatore", pensó Ilein, mientras se acurrucaba en su asiento, sintiendo que el peso de la culpa la aplastaba. "Pero no puedo arriesgarlo. No puedo permitir que Máximo lo toque. Es una bestia, y mi hijo merece una vida libre de su maldad." El autobús avanzaba en la noche, llevándolas hacia un futuro incierto, pero donde la promesa de libertad brillaba como una estrella lejana. Ilein cerró los ojos, aferrándos
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