La mañana del viaje amaneció gris, con un cielo cubierto de nubes que amenazaban lluvia. Ana se levantó temprano, mucho antes de que los mellizos despertaran, y pasó largo rato frente al espejo. No sabía por qué se arreglaba tanto para una despedida en el aeropuerto, pero había algo en sus manos que no podía controlar, algo que la hacía peinarse con cuidado, elegir un vestido que no hubiera usado antes, perfumarse con ese aroma que a Cristóbal le gustaba.En la sala, Nicolás la esperaba con los mellizos ya listos en sus sillas de auto. Sofía estaba junto a él, con su sonrisa perfecta, el cabello recogido en un moño impecable, un vestido blanco que la hacía parecer una novia de anuncio. Hablaba con su hermano con esa voz dulce que Ana ya conocía demasiado bien.—No te preocupes, Nico —decía—. Voy a estar pendiente de ti. De la empresa, de todo. No vas a estar solo.—Gracias, Sofía —respondió él, pero su voz sonaba distante, como si su mente estuviera en otro lugar.Ana los observó desd
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