(Eduardo) Aprendí demasiado pronto que no pertenecer no siempre es algo que te dicen. A veces es algo que se siente, que se mete bajo la piel y se queda ahí, constante, silencioso, imposible de ignorar. Nadie en esa familia necesitó explicarme cuál era mi lugar, porque lo entendí solo, en las miradas que se detenían un segundo de más, en las conversaciones que cambiaban cuando yo entraba, en la forma en que mi nombre nunca sonaba igual que el de ellos. Soy el hijo de la hija menor de los Castellanos, la más inestable, la más impredecible, la que nunca encajó... Fui adoptado, sí, y en papel eso me hizo parte de la familia, pero en este mundo los papeles no significan nada. Aquí lo único que importa es la sangre. Y yo no la tengo. Así que aprendí a compensarlo. A ser mejor. A esforzarme más. A no fallar. Todo lo que hice tuvo siempre el mismo objetivo: demostrar que merecía estar ahí, que podía ser suficiente, que podía ser digno. Pero nunca lo fui, porque siempre estaba él, siemp
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