Cuando se fue, el silencio volvió a llenar la oficina, pero esta vez no fue suficiente para calmar nada, porque había algo que no encajaba dentro de ese orden perfectamente construido, algo que no respondía a la lógica ni al control al que estaba acostumbrado, y ese algo tenía nombre: Sandra. Me dejé caer en la silla, apoyando los codos sobre el escritorio sin realmente verlo, repasando la cena una y otra vez, cada palabra, cada gesto, cada reacción que no coincidía con lo que esperaba ni con lo que podía prever, y fue entonces cuando lo entendí con claridad incómoda: ella no encajaba, y precisamente por eso era peligrosa, no porque formara parte de todo esto, sino porque estaba completamente fuera de ese sistema que yo sí dominaba. Ese compromiso no tenía sentido más allá de la estrategia; era una alianza conveniente, una pieza más dentro de un juego que conocía demasiado bien, y aun así no podía ignorar la sensación persistente de que algo en esa ecuación no estaba bajo control, c
Leer más