La suite se convirtió en un campo de batalla de deseo puro. Keelen me despojó de la blusa con una urgencia que rozaba la desesperación, y al ver mis pechos libres bajo la luz de la luna, soltó un gruñido que vibró en mi pecho. No esperó. Se inclinó sobre mí, atrapando uno de mis pezones entre sus labios y succionando con una fuerza que me hizo arquear la espalda violentamente.
—Eres perfecta, Eira... —gemía él contra mi piel, mientras su lengua trazaba círculos de fuego alrededor de la aureola—