El rugido de la explosión aún vibraba en los oídos de Elena, un zumbido metálico que amortiguaba los sonidos del bosque. El aire era gélido, pero el calor del incendio a sus espaldas proyectaba sombras largas y erráticas que bailaban entre los pinos.—¡Por aquí! —susurró Elena, tirando del brazo de Dante.Él se movía con una torpeza que le partía el alma, tropezando con las raíces que sobresalían como garras de la tierra. Dante respiraba con dificultad; el impacto contra el suelo le había robado el aire y la luz del fuego había dejado sus pupilas en un estado de parálisis.—Elena... detente —jadeó él, hincando una rodilla en el suelo. Se llevó las manos a los ojos, apretándolos con desesperación—. Es como si mil agujas se clavaran en mi cerebro. No veo nada. Solo... estática roja.Elena se arrodilló frente a él. La seda verde de su vestido estaba manchada de barro y ceniza, y un jirón de la falda se había quedado enganchado en un arbusto.—Escúchame, Dante. Tienes que confiar en mi vo
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