Diez años. Diez años habían pasado desde que Isabella Greco finalmente caminó hacia mí en aquel jardín de la Toscana, no como una prisionera, ni como una madre por obligación, sino como la mujer que decidió, por voluntad propia, unir su destino al mío. Diez años de matrimonio que se sentían como un suspiro y, al mismo tiempo, como una vida entera de batallas ganadas.Hoy, la mesa del comedor había sido un caos absoluto, el tipo de caos que yo antes habría despreciado y que ahora era mi único motor. Elena, con sus quince años y esa mirada afilada que heredó de su madre, discutía de política con Matheo hijo, de ocho. Los gemelos, de seis años, intentaban convertir sus guisantes en proyectiles mientras Isabella intentaba mantener la compostura de una reina, aunque yo veía la comisura de sus labios temblar por la risa contenida.—Sabes que técnicamente no soy tu esposa frente a estos niños cuando se portan así —me había susurrado ella mientras pasaba a mi lado para recoger los platos—. En
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