Dos meses. Sesenta días de un silencio que se sentía como una soga apretándose lentamente alrededor de mi cuello. Nos habíamos instalado en una villa discreta en la costa, lejos de las garras de los Vince y de los ecos de la guerra en Italia. Para el mundo, el Capitán Pablo Rizzo era un hombre muerto en el incendio de la mansión. Para Cianna, yo era el hombre que finalmente había vuelto a su lado. Pero para mí, yo solo era una cáscara vacía que caminaba, respiraba y fingía estar presente mientr