El pitido del monitor cardíaco pareció acelerarse justo antes de que sus párpados vibraran. Me quedé inmóvil, con el corazón golpeando mis costillas como un animal enjaulado. Cuando Isabella finalmente abrió los ojos, no hubo confusión, ni miedo, ni el alivio que yo esperaba encontrar. Sus pupilas se fijaron en las mías con una lucidez aterradora, una claridad fría que me hizo desear que hubiera seguido durmiendo.
Intentó incorporarse, pero el dolor la hizo jadear y volver a caer contra la almo