El hospital privado en las afueras de Atenas olía a antiséptico y a una paz forzada que me resultaba ajena. Durante nueve meses, el mundo exterior había seguido girando: el imperio de los Vince se había desmoronado bajo el peso de las traiciones de Francesco, y los Greco habían recuperado su trono, pero para mí, el tiempo se había detenido en aquel almacén. Había cumplido mi palabra. Me mantuve a la distancia exacta: lo suficientemente cerca para cubrir los gastos, para asegurar que los mejores