El chirrido de los neumáticos sobre el pavimento mojado fue el único sonido que precedió nuestra llegada al punto de extracción. Era un almacén abandonado en las afueras de Atenas, un lugar frío y lúgubre que ahora servía como centro de mando improvisado. En cuanto apagué el motor, la puerta trasera fue arrancada desde fuera.
—¡Saquen la camilla! ¡Ahora! —gritó Austin. Mi hermano, siempre tan calculador, tenía los ojos fijos en mis manos ensangrentadas.
Matheo Greco apareció detrás de él. Su ro