El silencio que siguió a los gritos de Isabella fue lo que me puso en alerta. No era un silencio de rendición, ni el sueño pesado de quien se ha agotado de tanto odiar. Era un vacío denso, un silencio absoluto que se filtraba por las rendijas de la puerta de madera como un presagio de muerte.
Me detuve en el pasillo, con el equipo táctico ya ajustado al cuerpo y el arma reglamentaria pesando en mi cadera. Tenía que irme. El tiempo corría y la operación con Austin no esperaba por nadie. Pero mis