El muelle de El Pireo estaba sumido en una oscuridad sepulcral, interrumpida solo por el parpadeo de las luces de vapor que luchaban contra la densa niebla marina. El eco de los disparos a lo lejos indicaba que los hombres de Austin y los de Matheo estaban despedazando el primer cinturón de seguridad de los Vince, pero aquí, en el hangar 4, el aire estaba estático, cargado de un odio que se podía masticar.
Francesco Vince apareció entre las sombras de unas cajas de carga, luciendo un abrigo de