La cabaña vibraba con la fuerza de sus gritos, un eco furioso que rebotaba en las paredes de madera carcomida por el salitre. Isabella no se había quebrado. Al contrario, el cautiverio parecía haber despertado en ella una fiera que ni siquiera yo, que creía conocer cada rincón de su alma, había visto antes.
—¡Mátame de una vez! —rugió, y escuché el crujido de la silla de madera mientras forcejeaba violentamente contra las cuerdas—. ¡Si tienes lo que se necesita para ser un hombre, termina con e