La luz del amanecer se filtraba tímidamente por los ventanales altos del almacén, bañando la habitación en un tono grisáceo y melancólico. El estruendo de la guerra en el puerto se había convertido en un eco lejano, pero dentro de esas cuatro paredes, el silencio era mucho más pesado.
Entré sin pedir permiso, ignorando la advertencia de Matheo, que me vigilaba desde el pasillo con la mano puesta sobre su arma. Mis botas hacían un ruido sordo sobre el suelo de cemento hasta que llegué al pie de