El diario llevaba tres días sobre el escritorio sin que yo lo abriera.No porque no quisiera. Sino porque la última vez que lo hice cerré antes de terminar, y cerrar antes de terminar algo es un hábito que tengo desde los doce años y que no me enorgullece pero sí me ha protegido en distintos momentos de distintas cosas.Esta vez lo abrí por la mañana, antes del desayuno, con el cuarto todavía a oscuras y la determinación específica de alguien que ha decidido dejar de administrar en cuotas la información disponible sobre su propia vida.Las primeras páginas del diario las había leído ya.Las que seguían describían los primeros meses de Ezequiel en la hacienda. La prosa era contenida, sin exceso emocional — letra pequeña, inclinada, la misma de la nota que llevaba semanas en mi bolsillo. El estilo de alguien que escribe para registrar, no para procesar.Las primeras semanas: asombro ante el edificio, el olor a jazmín en los patios, la piedra volcánica que absorbía la luz de una manera q
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