Llevaba diez días sin salir de la hacienda.
No porque alguien me lo hubiera impedido. La cláusula del testamento habla de setenta y dos horas consecutivas fuera de la propiedad —una salida de un día no compromete nada. El problema no era la cláusula.
El problema era que entre los archivos de la propiedad, el diario de mi padre, la nota que seguía viviendo en mi bolsillo, los tres hermanos con sus distintas maneras de ocupar el mismo espacio, y la suma de todo lo que había pasado en diez días —l