Alejandro se desplomó. No fue un movimiento ensayado, fue el peso de años de culpa lo que lo llevó al suelo. Sus rodillas golpearon la madera con un sonido seco, sordo, que hizo que el corazón de Valentina diera un vuelco. Él, el hombre que jamás se doblegaba ante nadie, estaba allí, reducido a nada a sus pies.—Perdóname —susurró él, con la frente casi rozando el suelo—. Haz conmigo lo que te plazca, Valentina. Tienes todo el derecho. Golpéame, escúpeme si eso te hace sentir mejor. No voy a defenderme.Valentina se quedó helada. Sus manos temblaron y, por un segundo, el instinto de la mujer que lo amó por encima de su propia vida estuvo a punto de ganar.Quiso agacharse, tomar su rostro entre sus manos y decirle que se levantara, que ella también se estaba muriendo por dentro, que lo amaba con una locura que la asfixiaba. Pero el recuerdo del dolor, del abandono y de las amenazas de hace un momento actuó como un látigo. Su orgullo, esa armadura que ella misma construyó en Canadá, se v
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