Valentina despertó con un sobresalto. Durante unos segundos no entendió dónde estaba. El techo blanco, el olor a desinfectante y el pitido suave de una máquina le resultaban extraños. Entonces lo recordó todo de golpe. Sus ojos se abrieron con desesperación.
—Mi hija... —susurró con una voz que apenas reconocía, rota y áspera—. Luz no está. Se fue. Mi pequeña se fue y yo sigo aquí. ¿Por qué sigo respirando si ella no puede hacerlo?
La enfermera le tomó la mano con suavidad, intentando transmitir