La noche pasó en medio de dudas, angustia y desesperación, y la mañana no cambió en lo absoluto. El aire denso del encierro seguía pesando sobre los hombros de Nahla, Dalia y William, recordándoles cada segundo de impotencia, cada latido acelerado por el miedo y la incertidumbre de no saber si el plan funcionaría.El amanecer no trajo consigo una tregua ni un rayo de esperanza; solo la cruda continuidad de una pesadilla que parecía no tener fin, donde el tiempo se dilataba y las paredes del sótano se volvían cada vez más estrechas, amenazando con asfixiar el último rastro de cordura que le quedaba antes de que se abriera la puerta.Paolo entró al sótano como si fuera el dueño del universo, con esa manera de caminar que a Nahla le revolvía el estómago desde hacía semanas. Soltó las llaves sobre la mesa de madera podrida, se estiró los dedos, y la miró con esa sonrisa de hombre que cree que ya ganó.—¿Cómo amaneciste, mi amor? —dijo, y la palabra "amor" en su boca sonaba a insulto.Nahla
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