DONDE SE TERMINAN LAS PESADILLAS.
Llegaron sin luces. Tres camionetas negras se detuvieron a doscientos metros de la bodega y el equipo bajó en silencio, desplegándose por el perímetro como si hubieran ensayado esa coreografía mil veces.
Alejandro iba en el primer vehículo, con Julián al lado y el silencio pesado de la noche envolviéndolos por completo en los asientos traseros. Ninguno habló durante los últimos diez minutos del trayecto; la tensión en el aire era casi palpable y el rugido sordo de los motores parecía marcar el r