Alejandro no dijo nada durante tres segundos. Nahla los contó porque sintió cada uno en el pecho. El silencio al otro lado de la línea se volvió tan espeso que casi podía escuchar el latido acelerado de su propio corazón, retumbando en sus oídos como un tambor de guerra en medio de la penumbra de ese sótano maldito.
—Nahla. —Su voz sonó diferente, más baja, más rota—. ¿Dónde están?
—No sé la dirección exacta, papá. Pero tengo el celular de Paolo. Dime qué hago.
—Activa el GPS. Ahora mismo. Compa