El banquillo de los acusados nunca se vio tan pequeño como esa tarde, abarrotado por el peso muerto de dos hombres que se creían dueños del mundo. El juez principal, un hombre de cabello cano y expresión inflexible, acomodó los gruesos expedientes sobre el escritorio de madera.En las bancas del público, Nahla entrelazó sus dedos con los de William. Sus palmas estaban sudorosas, calientes por la ansiedad acumulada, pero el agarre era firme. Era el ancla mutua en medio de ese mar de murmullos, cámaras apagadas a la fuerza por la orden judicial y el olor a encierro que impregnaba la sala de audiencias.Mauricio, ya despojado de sus trajes de diseñador y vistiendo el uniforme de la prisión, mantenía los ojos fijos en el estrado. A su lado, Paolo respiraba de forma agitada, con la mandíbula apretada y la mirada perdida en algún punto del suelo, masticando la rabia de verse acorralado por el sistema penal que tantas veces pensó burlar.Su abogado defensor se mantenía de pie, con un fajo de
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