El sol de la tarde bañaba la fachada de la mansión Casalins, otorgándole un brillo dorado que contrastaba con la oscuridad que Aurora había dejado atrás en las islas.
Al cruzar el umbral de la entrada, escoltada por el brazo firme de Julián, el corazón le dio un vuelco. No era solo una casa; era su refugio, el lugar donde sus recuerdos, aunque a veces fragmentados, se sentían seguros. En el gran salón, la familia esperaba con una ansiedad contenida que se rompió en mil pedazos en cuanto la viero