El apartamento estaba en silencio, roto solo por el suave sonido del niño que dormía profundamente. Valeria se sentó en el sofá, abrazando sus rodillas, mientras repasaba mentalmente los acontecimientos recientes. Cada pequeño gesto de Lucas con el niño la había dejado vulnerable, pero también aliviada. Su corazón sabía que podía confiar en él, aunque su orgullo aún le impedía admitirlo.Lucas, frente a la ventana, observaba las luces de la ciudad mientras repasaba estrategias. Marcelo no dormía. O, al menos, no lo hacía como los demás. Vivía en un estado constante de alerta, convencido de que siempre iba un paso por delante. En su mente, cada jugada estaba calculada y cada desenlace previsto. Por eso, enfrentarlo no era cuestión de fuerza, sino de anticipación: cada uno de sus movimientos debía leerse antes de ejecutarse, cada posible error debía contemplarse antes siquiera de nacer.—No podemos permitirnos el lujo de bajar la guardia —dijo Lucas al fin, quebrando el silencio que se
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