La tarde en Sarasota caía con un calor sofocante que parecía adherirse a la piel. Amber, aún sintiendo el escozor de las rozaduras en sus muslos con cada paso que daba, caminaba hacia la entrada de la escuela de los niños. A su lado, Casandra caminaba con su elegancia habitual, aunque no paraba de mirar a su amiga con una mezcla de preocupación y picardía.—Am, de verdad, si sigues caminando así, la gente va a pensar que te has escapado de un rodeo —susurró Casandra, ajustándose sus gafas de sol—. ¿Segura que no quieres que te compre una crema de aloe vera puro?—Cállate, Cas —respondió Amber, intentando mantener la compostura—. Solo quiero recoger a Leo y a Mia y volver a la mansión sin que nadie más note nada.Sin embargo, al llegar a la zona de recogida, el ambiente cambió drásticamente. El coche de Tyler, un imponente sedán negro, ya estaba estacionado allí, pero él no estaba solo. Fuera del vehículo, Tyler hablaba con una mujer de unos sesenta años, vestida con una elegancia aust
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