La tarde en Sarasota caía con un calor sofocante que parecía adherirse a la piel. Amber, aún sintiendo el escozor de las rozaduras en sus muslos con cada paso que daba, caminaba hacia la entrada de la escuela de los niños. A su lado, Casandra caminaba con su elegancia habitual, aunque no paraba de mirar a su amiga con una mezcla de preocupación y picardía.
—Am, de verdad, si sigues caminando así, la gente va a pensar que te has escapado de un rodeo —susurró Casandra, ajustándose sus gafas de so