La noche había caído sobre el Golfo como un manto de terciopelo. Los niños, agotados por el sol y la sal, finalmente dormían bajo el cuidado de la tripulación en los camarotes. En el agua, la temperatura era perfecta, un contraste delicioso con el calor que ardía en la cubierta.
—¡Silas, si intentas ahogarme, juro que te dejaré sin trabajo y sin dignidad! —se escuchó la voz de Casandra, cargada de una diversión provocadora mientras salpicaba al jefe de seguridad.
—Señorita Casandra, mi deber es