89. Viejos instintos en acción
La noche cayó lentamente, trayendo un aire más frío de lo habitual. La casa permanecía cálida, no solo porque las luces estaban encendidas, sino porque en su interior se había formado un pequeño ritmo de manera natural. En la cocina, el sonido constante del cuchillo contra la tabla de cortar llenaba el espacio. James estaba de pie, con un delantal sencillo y las mangas remangadas, concentrado mientras picaba verduras.Tenían una empleada doméstica, pero a James le gustaba cocinar él mismo para su esposa y su hijo.Ethan dormía en el sofá, su peluche atrapado entre sus brazos.Emma estaba sentada en la mesa del comedor con el portátil abierto, aunque su atención se desviaba más de una vez, no hacia la pantalla, sino hacia James. Había algo en la forma en que cocinaba, tranquilo, deliberado, como si estuviera dando sentido a cosas que a menudo se consideran triviales.—¿No estás cansado? —preguntó Emma al fin.James la miró brevemente.—Cocinar es terapia —dijo con ligereza—. Además, es
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