100. La línea no dicha
La noche cayó junto con un cansancio que James no tuvo oportunidad de liberar. Dentro del coche, condujo sin música, sin llamadas—solo el zumbido del motor y sus propios pensamientos. Cada semáforo en rojo se sentía como una pausa demasiado larga para preguntas que se negaba a responder.En casa, Emma lo estaba esperando en la sala. Las luces eran tenues, lo suficiente para ver los rostros del otro sin tener que fingir. James se quitó la chaqueta y la colgó con cuidado—un hábito de siempre que usaba para marcar el final de la jornada laboral.“¿Tienes hambre?”, preguntó Emma.“Un poco”, respondió James. Media verdad.Emma asintió y deslizó un cuenco de sopa hacia él. James comió despacio. Cada cucharada se sentía como una pequeña obligación, lo justo para evitar que Emma se preocupara más de lo que ya lo hacía.“¿Estuviste muy ocupado hoy?”, preguntó Emma otra vez, con un tono ligero.James mantuvo la mirada en el cuenco. “Un par de reuniones.”“Un par”, repitió Emma en voz baja. Notó
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