26. El Toque Asombroso
La noche ya había caído cuando su coche avanzó por la carretera en dirección a las montañas suizas. El aire afuera era limpio y frío, dejando una ligera neblina a lo largo del camino. Las luces de la ciudad, a lo lejos, parecían estrellas que descendían lentamente tras la bruma blanca.Emma iba sentada en el asiento del acompañante, todavía con el mismo vestido que había llevado a la exposición. En su regazo descansaba una rosa blanca que Claudia le había regalado —un pequeño símbolo del éxito de aquel día—. Y, sin embargo, no eran los elogios de los invitados ni de los periodistas lo que ocupaba su mente, sino el hombre a su lado, que ahora conducía con la mirada serena fija al frente.James.Desde que habían salido del salón de exposiciones, apenas habían intercambiado palabras. Solo un silencio suave, pero cómodo. A veces Emma lo miraba de reojo, observando las manos de James sobre el volante, su mandíbula firme iluminada por las farolas, y la leve sonrisa que de vez en cuando asom
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