Los días siguientes a la cena trajeron un cambio sutil pero perceptible en la mansión. Los guardias, que antes la miraban con indiferencia o lástima, ahora la saludaban con una breve inclinación de cabeza. Silvia, aunque seguía siendo formal, consultaba sus preferencias para las comidas con más frecuencia. Era como si, al haber sido presentada formalmente al mundo exterior de Caleb, su estatus interno se hubiera solidificado.Caleb, por su parte, estaba más ocupado que nunca. Las "repercusiones" de la advertencia a los Rossi ocupaban sus días, pero siempre regresaba para cenar con ella, a veces tarde, a veces agotado, pero siempre presente. Compartían no solo la cama, sino conversaciones. Él le hablaba más de su juventud, de las presiones de ser el heredero, de la soledad del poder. Ella le hablaba de sus sueños de antes, de su madre fallecida, de su temor a no ser una buena madre en medio de aquel caos.Una tarde, mientras paseaban por el atrio, Caleb se detuvo bruscamente, su
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