Una tormenta se desató esa tarde.
La lluvia azotaba los muros de la mansión con furia, y el viento aullaba en las chimeneas, un sonido lúgubre y primitivo que hacía que los pasillos se sintieran más fríos, más aislados.
Emily estaba en la biblioteca, pero la concentración era imposible. Cada trueno la hacía estremecer.
Caleb había salido de nuevo, dejando la casa sumida en una vigilancia silenciosa y tensa.
Los guardias parecían más alerta, sus miradas más frecuentes hacia las ventanas sella