La tarde se dedicó a la preparación.
Silvia, con una eficiencia que ahora parecía menos fría y más profesional, condujo a Emily a un vestidor que ella no conocía.
Ropas de mujer colgaban en perfecto orden: vestidos de noche, trajes de chaqueta, ropa casual de alta gama.
Todo en tonos neutros, cortes impecables, telas carísimas. Todo nuevo, con las etiquetas aún puestas.
—El señor Roosevelt proporcionó las medidas —explicó Silvia, pasando una mano por la hilera de vestidos—. Debe elegir algo