La mañana llegó pálida y lavada.
La tormenta había amainado, dejando un silencio cargado y un olor a tierra mojada que se filtraba incluso en el interior de la mansión.
Emily despertó con los ojos hinchados, las imágenes de la noche bailando detrás de sus párpados: la sangre, el cuchillo, la expresión devastada de Caleb cuando la vio.
Silvia llegó con el desayuno. Sus movimientos eran aún más precisos, si cabe, y su mirada evitaba directamente a Emily.
—El señor Roosevelt ha salido —anunció—.