La puerta del despacho de Laura se abrió con tanta violencia que chocó contra el tope de goma del suelo. Ivette entró casi cayéndose. Estaba pálida, del color de la ceniza. Tenía los ojos desorbitados y respiraba por la boca, en jadeos cortos y asustados, como si hubiera corrido cinco kilómetros huyendo de un depredador.Laura, Bruno y Pati estaban revisando el mapa de los Valverde en el escritorio. Se giraron de golpe. —Ivette —dijo Laura, acercándose de inmediato—. ¿Qué pasa? ¿Estás bien? Ivette no podía hablar. Las manos le temblaban tanto que el teléfono móvil castañeteaba contra su anillo de plata.Se acercó a la mesa y soltó el aparato sobre la madera con torpeza. —La escuché —logró decir, con la voz rota—. Saliendo de la sala de juntas. Yo estaba en el baño. Escuché su voz. Laura miró el teléfono. Ivette pulsó la pantalla con un dedo errático. Le dio al símbolo de reproducción.El audio era nítido. Primero, el sonido de unos tacones acercándose. El timbre del ascensor. Y luego,
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