Rodrigo Mena pasó la noche sin dormir.A las seis de la mañana estaba sentado en la cocina de su apartamento con el teléfono sobre la mesa y una taza de café que había dejado de estar caliente hace veinte minutos. La amenaza de Carmen era real. Lo sabía porque la había buscado: llamó a su gestor fiscal a las diez de la noche, que le cogió el teléfono con la voz de quien lleva años esperando que llegara esa llamada y nunca quiso que llegara.La deuda existía.Tres millones ciento cuarenta mil euros. Errores contables que se remontaban a los años noventa, cuando su padre gestionaba la empresa de construcción familiar con el mismo criterio artesanal con que había aprendido el oficio: trabajar, cobrar, gastar, reinvertir. Sin asesor fiscal. Sin estructura. Sin el tipo de orden que solo se aprende cuando te lo exige alguien con una placa.Su padre no lo sabía con exactitud. O lo sabía a medias. O lo sabía del todo y había elegido vivir como si no lo supiera, que era la forma más cómoda de
Leer más