La sala de juegos tenía una estantería de libros ilustrados ordenados por tamaño. Santi los miraba cada vez que llegaba, como si los estuviera memorizando en un orden que solo él conocía. La Dra. Rivas había colocado las sillas deliberadamente: dos, una al lado de la otra, orientadas hacia la alfombra central donde Santi solía sentarse. No frente a frente. No separadas. Juntas, aunque con espacio entre ellas. Una geometría de proximidad sin contacto que los tres entendieron sin que nadie la nombrara. Laura llegó primero. Álvaro llegó con cinco minutos de diferencia y se sentó sin decir nada, la chaqueta sobre las rodillas, los codos apoyados, la postura de alguien que ha ensayado la neutralidad pero todavía tiene que trabajarla. Santi entró de la mano de la asistente. Vio a los dos.<
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