La noche del tercer día, Santi no durmió.La habitación del hospital tenía esa luz tenue particular de las salas de maternidad de madrugada, ni completamente apagada ni encendida del todo, calculada para no despertar del todo a quien necesitaba descansar.Nora dormía, agotada, en la cama estrecha.Valentina dormía en la cunita junto a la cama, envuelta en la manta blanca del hospital, con esa quietud absoluta que tienen los recién nacidos cuando por fin el mundo les resulta menos hostil de lo que les pareció al llegar.Santi se sentó en la silla del rincón.Llevaba consigo, como siempre, el bloc de sketches que cargaba a todas partes desde hacía años, el cuaderno de tapa negra con las esquinas ya gastadas de tanto uso, y un lápiz que sacó del bolsillo interior de la chaqueta sin pensarlo demasiado, casi por instinto.Empezó a dibujar.No tenía intención de hacerlo. No había planeado pasar la noche despierto, observando a su hija dormir, capturando cada línea de su cara diminuta con la
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