Don Raúl llegó el martes, como siempre.
La buganvilla del balcón ya había alcanzado la segunda barandilla, las ramas extendiéndose con esa determinación silenciosa que Laura había aprendido a admirar en los últimos meses, creciendo un poco más cada semana sin que nadie tuviera que apurarla.
Se quedó parado un momento antes de entrar, mirándola.
—Sigue creciendo —dijo, casi para sí mismo, cuando Laura abrió la puerta.
—Más de lo que esperaba.
—Las buenas plantas siempre superan las expectativas.