El avión a Madrid despegó a las once de la noche.
Álvaro se durmió antes incluso de que el aparato terminara de subir, agotado por dos días de ceremonias, discursos y conversaciones en idiomas que solo entendía a medias. Laura, en cambio, tenía los ojos completamente abiertos.
Había metido en el equipaje de mano uno de los cuadernos de Valentina.
No cualquiera. El número doce, el que llevaba meses leyendo despacio, a ratos, en las pocas pausas que el trabajo y la vida le dejaban, sin terminar d