La noche del tercer día, Santi no durmió.
La habitación del hospital tenía esa luz tenue particular de las salas de maternidad de madrugada, ni completamente apagada ni encendida del todo, calculada para no despertar del todo a quien necesitaba descansar.
Nora dormía, agotada, en la cama estrecha.
Valentina dormía en la cunita junto a la cama, envuelta en la manta blanca del hospital, con esa quietud absoluta que tienen los recién nacidos cuando por fin el mundo les resulta menos hostil de lo q