A las doce de la noche y un minuto, el piso de Chamberí tembló. No fue un temblor sísmico. Fueron los compases iniciales de la Novena Sinfonía de Beethoven. El Himno a la Alegría. El himno oficial de la Unión Europea, reproduciéndose a un volumen que amenazaba con reventar los altavoces inteligentes del salón. Laura se sentó de golpe en la cama. Álvaro abrió los ojos, desorientado, buscando a tientas la lámpara de la mesilla.En el pasillo, los pasos rápidos resonaron sobre el parqué. Laura se puso la bata y salió al pasillo, parpadeando por la luz repentina. Blanca estaba plantada en el centro del salón, con un pijama de franela y una sonrisa que le ocupaba toda la cara. Santi asomó la cabeza desde el cuarto del fondo, con los pelos alborotados y los ojos a medio abrir. Lucas apareció detrás de él, con un portátil en las manos, su expresión impasible de siempre inalterada ante el estruendo sinfónico.—¡Ya! —gritó Blanca por encima de los violines. —¿Por qué ese himno? —dijo Santi, ta
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