El teléfono no sonó en dos días.No un mensaje. No una foto. No un audio de diez segundos diciendo que había llegado bien. Nada. El silencio específico del teléfono cuando Santi lo tiene en el bolsillo y está trabajando y el mundo exterior le parece, en esos momentos, una interrupción que puede esperar.Laura lo sabía.Lo había sabido siempre. Era Santi: el que no llamaba cuando estaba bien, el que llamaba cuando había algo que decir que no podía esperar. El silencio era buena señal. Era la señal de que estaba absorbido por algo y que estar absorbido por algo en el Pompidou con sus tres obras era exactamente lo que tenía que pasar.Lo sabía.De todas formas, miraba el teléfono.—Mamá —dijo Blanca desde el sofá, sin levantar los ojos del libro—. Santi no llama porque está bien, no porque esté muerto.—Lo sé.—Entonces para de mirar el teléfono.—No estoy mirando el teléfono.—Llevas veinte minutos con el teléfono boca arriba en la mesa y cada vez que vibra porque llega un correo de tra
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