Los contratos llegaron esa mañana en una carpeta azul con el membrete de Echeverría & Jones.Cuatro proyectos de expansión internacional. Berlín, Varsovia, Ámsterdam y uno en Lisboa que llevaba meses paralizado por falta de inversión externa.Me instalé en la oficina que Santi Echeverría me había asignado en la tercera planta. Ventanas que daban a la calle Serrano. Mesa de madera maciza. La sensación permanente de que cada hora que trabajaba aquí era una hora que la firma no podía ignorarme.Necesitaba dinero. Más del que tenía.La batalla legal costaba. Bruno no era barato. Los peritos no eran baratos. Y la estrategia de Carmen era de desgaste: retrasar, impugnar, presentar escritos que obligaban a responder escritos. Cada movimiento de ellos era una factura para nosotros.Así que trabajaba.A las doce y media, Santi Echeverría llamó con los nudillos. Dos golpes suaves, como hacía siempre.—¿Tienes el mediodía libre?—Define libre.Sonrió. Una sonrisa tranquila, de hombre que lleva d
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