El café de Malasaña se llamaba El Eje y tenía las paredes cubiertas de planos arquitectónicos enmarcados: Mies van der Rohe, Utzon, Zaha Hadid. Rodrigo ya estaba dentro cuando llegué, con los planos de Lisboa extendidos sobre dos mesas empujadas juntas y una cafetera exprés doble humeando a su lado.Se puso de pie cuando entré.—Jueves —dijo, como si fuera una contraseña.—Jueves —confirmé.Me senté frente a él. Extendí el ordenador. Durante los primeros cuarenta minutos, trabajamos.Era la primera vez en semanas que me concentraba en algo que no era la custodia, el juzgado, los informes, los escritos de Riquelme, la cara de Carmen al recalcular. Los planos de Lisboa eran concretos. Solubles. Con reglas que no cambiaban dependiendo de quién tuviera más dinero o más abogados.El proyecto era un complejo residencial de setenta y dos unidades en Alcântara, frente al Tajo. Sostenibilidad clase A, materiales reciclados, azotea comunitaria con huerto. El tipo de proyecto que hacía diez años
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