Las nueve de la mañana llegaron con el sonido de una puerta estrellándose contra el marco.
Laura levantó la vista de los papeles.
Álvaro estaba en el umbral.
No había llamado. No había pedido permiso. La puerta cerró de golpe detrás de él y el eco retumbó por todo el pasillo de cristal que dividía las oficinas del corredor.
Tenía los ojos rojos.
No de rabia. De algo peor.
Se había pasado la noche sin dormir.
Laura lo conocía lo suficiente para saberlo: la mandíbula apretada, las manos que no en